elenayelsexo a 14 febrero 2010 a las 19:18

¿Quién no ha tenido un Arturo en su vida?

“¿Quién no ha tenido un Arturo en su vida?”, me pregunto mientras, atónita, leo en Internet algo sobre el expediente calimocho. Yo creo que conocí a uno. Estuvimos un tiempo jugando al despiste. Al hoy sí y mañana no. Esta noche tonteo contigo un rato pero al final de la fiesta desaparezco. Acabamos juntos. Llegamos a compartir casa dos meses. Él era extranjero (nos conocimos estudiando fuera de nuestros países respectivos) y se vino a España después de aquello que nosotros nunca llamamos relación. Jamás reconoció que emigrase por mí. No llegue a saber si en realidad era así.

A los quince días de haber aterrizado en Madrid me propuso algo.

- Elena, qué te parece si dejamos lo nuestro – tremendo eufemismo – para los días laborables, de lunes a viernes. Es que creo que me he agobiado, que necesito espacio para estar con mis amigos.

Por supuesto, aquello me pareció una planteamiento descabellado, imposible, infantil, egoísta. Le contesté que si se había vuelto loco.

- Eres una histérica, ya lo sabía yo. Te encanta meterte en lo que no te importa.

Yo no comprendía a qué venía todo eso. Después de aquello, estuvimos varios días sin vernos. Un viernes por la tarde me llamó por teléfono.

- Hola Elena. Hoy he quedado con mis amigos para salir por Bilbao. Si te parece, podríamos encontrarnos un rato.

Acepté como una imbécil. Y me pasé la noche pegada al teléfono. En algún momento me mandó un mensaje y yo acudí con mis amigas adonde él estaba. Nos enrollamos. Me metió la mano por debajo de la falda y me susurró al oído: “¿Dormimos juntos?”. No respondí nada. Se fue a pedir una copa y yo me quedé esperándole, sentada, siguiéndole con la mirada. Entabló conversación con la camarera. Acarició su escote. Le dibujó con gestos un papel y un boli. Ella se fue a buscarlo. Incrédula, me levanté, caminé hasta donde él se encontraba y le dije:

- ¿Qué haces?
- Nada –me espetó como si tuviese ensayada la respuesta-
- Le has pedido el teléfono a la camarera. De hecho, has intentado tocarle una teta.
- Vale, sí, ¿y qué? Estoy harto de ti, tía. Entérate de que no somos nada. Yo no soy tu novio.

Pensé en tirarle una copa a la cara, pero no tenía la mía a mano y no era cuestión de mangársela a alguien para tal menester. Le aticé un bofetón. No lo había hecho antes y no volvería a hacerlo. Pero le di una torta. Llegué a casa y tiré a la basura todas las Dormidinas y toda la mierda que ingería para soportar la ansiedad. La tortura había concluido.

Yo tuve un Arturo en mi vida. Y a mi Arturo le encantaba San Valentín.

Los comentarios estan cerrados.