Francisco sólo abrÃa la puerta a quien consideraba apropiado. Y parece que en los últimos meses todo el mundo es apto para entrar en su casa-negocio. Hace aproximadamente un año que fui allà por primera vez. Me resultó entre cutre y fascinante. Turbio. Un bar para divorciados en paro y vendedores de seguros fracasados. Cortinas beige, estampados de flores pastel, sillas de mimbre y en la televisión VH1 con vÃdeoclips de los ochenta, que no intentan revivir ninguna época, sino que simplemente no han sido modificados desde ésta.
Supongo que empezamos a frecuentarlo porque es barato. Y creo que porque, allà sentado, uno se siente como en la casa de su tÃa la del extrarradio. La voz se corrió y hordas de cazatendencias comenzaron a amontonarse en los cojines con fundas horrendas, bebiendo gintonics en vasos enormes de plástico. Francisco vio en los ojos de estos muchachos el dinero para la matrÃcula de la universidad de las hijas que nunca tuvo, los viajes al Caribe que siempre quiso hacer con su exmujer, que ahora vive con otro, y todas esas cosas que a un hombre de edad media le proporcionan seguridad y felicidad infinitas.
Asà que Francisco decidió, excepcionalmente, dejar entrar a su corralito a algunos elegidos más tarde de lo que la licencia le permite. A las tres de la mañana se cierran las cortinas, se vacÃa el local y la única forma de acceder es vÃa llamada a un timbre y aceptación de Francisco. Lo malo es que el asunto se le ha ido un poco de las manos, y entre atender la barra y dilucidar quién puede pasar y quién no, por allà se cuela toda la ciudad, harta de hacer colas en garitos inmundos en donde encima hay que pagar un pastón por entrar.
Allà conocà a Sara y a los otros, que van y vienen sin descanso en grupos de dos o más al cuarto de baño. Son todos guionistas, periodistas, escritores, fotógrafos, publicistas y demás profesiones que en la buena teorÃa implican cierta creatividad y permiten –casi obligan- una vida social intensa. Las noches en la casa-negocio de Francisco consisten en probar todo lo que a uno le aguante el cuerpo y reÃrse de todo a lo que a uno le alcance el intelecto.
Pero lo mejor de todo es que nunca jamás me toparé allà con Javi o con alguno de los otros, y que haga lo que haga, siempre alguien lo ha hecho antes. Nadie te juzga, nadie te señala y, durante unas horas, puedes ser y desear lo que te de la gana. El paraÃso y el infierno todo en uno, que se disfruta hasta que vuelve a salir el sol.









