30 marzo 2009 a las 13:05 por elenayelsexo

Cómo ser bloguero y no morir en el intento

Interior, día. Un montón de gente pálida y ojerosa se dispone en sillas colocadas en líneas horizontales a lo largo y ancho del salón. Callados, se miran con curiosidad los unos a los otros por el rabillo del ojo. Elena, ataviada con sus sempiternos minishorts, se ha sentado en la fila de atrás del todo, como si aquello no fuese con ella. El último en aparecer es un hombre bajito y calvo que se acomoda en la mesa del principio del salón, de frente a todo el mundo. La sala es una clase.

- Bienvenidos. Hoy es mi turno en estas charlas sobre blogs. Como todos los anteriores, os voy a contar mi experiencia como bloguero.

El pequeño hombre calvo lo que en realidad quiere decir es: “Así lo he hecho yo, y ahora soy una ciber estrella. Mirad, pringados”. La gente pálida y ojerosa le observa absorta en su discurso y toma nota de cada una de las cosas que dice. Datos, trucos, fórmulas mágicas para conseguir lectores.

- Nosotros, los escritores de la red…

Elena siempre ha pensado que la palabra escritor es altamente pretenciosa. A no ser que seas Cervantes o algo a su altura, podría decirse que tienes un hobby que es la literatura, que te gusta escribir. Cree que un escritor es algo grande, inmenso, mágico, superior, no un señor bajito y calvo que escupe palabras complicadas en un soporte digital.

Durante una pausa para ir al baño o beber agua, el resto de asistentes al evento comienza a comentar sus propios blogs. Elena escucha la palabra ‘troll’, el elemento más temido del mundo por todos los blogueros. Se pregunta si alguna vez a ella le habrá molestado alguno. De repente, todos desenfundan sus libretas y en pequeños trozos de papel se dan sus direcciones en la red. Elena mira al techo, confundida, queriendo desaparecer.

- Hola.

Una mujer joven se dirige a ella. Elena piensa en fingir una terrible afonía que le hace enmudecer, pero antes de emprender con tal burda mentira, ya ha hablado.

- Hola.

Las dos se sonríen de una manera asquerosamente estúpida durante unos segundos. Se enseñan los dientes, pueden sentir sus alientos.

- ¿Tú tienes un blog?

Ahí está la pregunta temida, la que lleva esperando durante días, desde que decidió apuntarse a estas charlas. A pesar de ello, no tiene una repuesta preparada.

- Sí, claro.

A bocajarro y sin anestesia, sin que Elena sepa reaccionar, la joven le espeta:

- Anda, ¿me das la dirección?

“No, no pienso dártela” piensa Elena. De pronto, ve como su sombra tras el Sexo es llevada a la luz, ve como todos observan su silueta desnuda, manipulan su vida, sus historias, las descuartizan. Y se acuerda de Cristina, de su claro “haz lo que te dé la gana, pero si quieres ir a un cursito tonto por la tarde que no te vale para nada en el trabajo, tendrás que venir por la mañana mucho antes a La Oficina. O si lo prefieres, un fin de semana”. Y se piensa cinco veces si fue buena idea lo del puto cursito de mierda.

- Pues verás, te va a sonar un poco raro, pero no me la sé. Es decir, sí sé cuál es mi blog, claro, escribo en él, pero es que la dirección es muy larga y nunca la recuerdo…

- Ya, claro. ¿Y de qué va?

“Dios mío”, piensa Elena, “me han pillado, ésta tía sabe quién soy”.

- Pues de nada, como casi todos. Cuento un poco mi vida. Pues lo normal. Ya sabes…

La mujer joven mira fijamente a los ojos a Elena durante un tiempo que supera lo cortés. Elena piensa que qué mira, que a fin de cuentas los blogs son diarios en casi todos los casos en los que uno relata lo que le da la gana. Y que ahí está la gracia. Que lo bueno es que en estos diarios otros pueden aconsejarte y contarte sus historias también, sin conocerte, sin saber quién eres, y sin tener interés en saberlo.

La mujer joven deja de observar a Elena, pero a Elena le da igual porque hace rato que piensa en la vanidad de los escriben, en el exhibicionismo, en la necesidad y el poder de la imagen para muchos. Termina el curso y tiene que trabajar al día siguiente por culpa del mismo. No sabe si ha merecido la pena el esfuerzo, supone que no, pero ahora tiene mucho más claras las cosas: se alegra de que la url de su blog sea larga y complicada.

23 marzo 2009 a las 12:12 por elenayelsexo

Hasta que vuelve a salir el sol

Francisco sólo abría la puerta a quien consideraba apropiado. Y parece que en los últimos meses todo el mundo es apto para entrar en su casa-negocio. Hace aproximadamente un año que fui allí por primera vez. Me resultó entre cutre y fascinante. Turbio. Un bar para divorciados en paro y vendedores de seguros fracasados. Cortinas beige, estampados de flores pastel, sillas de mimbre y en la televisión VH1 con vídeoclips de los ochenta, que no intentan revivir ninguna época, sino que simplemente no han sido modificados desde ésta.

Supongo que empezamos a frecuentarlo porque es barato. Y creo que porque, allí sentado, uno se siente como en la casa de su tía la del extrarradio. La voz se corrió y hordas de cazatendencias comenzaron a amontonarse en los cojines con fundas horrendas, bebiendo gintonics en vasos enormes de plástico. Francisco vio en los ojos de estos muchachos el dinero para la matrícula de la universidad de las hijas que nunca tuvo, los viajes al Caribe que siempre quiso hacer con su exmujer, que ahora vive con otro, y todas esas cosas que a un hombre de edad media le proporcionan seguridad y felicidad infinitas.

Así que Francisco decidió, excepcionalmente, dejar entrar a su corralito a algunos elegidos más tarde de lo que la licencia le permite. A las tres de la mañana se cierran las cortinas, se vacía el local y la única forma de acceder es vía llamada a un timbre y aceptación de Francisco. Lo malo es que el asunto se le ha ido un poco de las manos, y entre atender la barra y dilucidar quién puede pasar y quién no, por allí se cuela toda la ciudad, harta de hacer colas en garitos inmundos en donde encima hay que pagar un pastón por entrar.

Allí conocí a Sara y a los otros, que van y vienen sin descanso en grupos de dos o más al cuarto de baño. Son todos guionistas, periodistas, escritores, fotógrafos, publicistas y demás profesiones que en la buena teoría implican cierta creatividad y permiten –casi obligan- una vida social intensa. Las noches en la casa-negocio de Francisco consisten en probar todo lo que a uno le aguante el cuerpo y reírse de todo a lo que a uno le alcance el intelecto.

Pero lo mejor de todo es que nunca jamás me toparé allí con Javi o con alguno de los otros, y que haga lo que haga, siempre alguien lo ha hecho antes. Nadie te juzga, nadie te señala y, durante unas horas, puedes ser y desear lo que te de la gana. El paraíso y el infierno todo en uno, que se disfruta hasta que vuelve a salir el sol.

19 marzo 2009 a las 14:36 por elenayelsexo

La indiferencia provoca a la imaginación

Los días se suceden y el dolor pasa por la indeferencia y, lamentablemente, la erótica. A veces me encuentro deprimida imaginando su culo bombeando encima de mí. Como viendo la escena desde el techo, observándonos a ambos en plena escena amatoria. En ocasiones, cuando se dirige a mí, este pensamiento obsceno me asalta, me invade y dejo de escuchar, de entender, sus órdenes.

En esos momentos, siempre me planteo: ¿podrá verse a través de los ojos lo que uno piensa? Imaginemos la escena: un prestigioso abogado de un no menos prestigioso bufete se acerca a la insignificante ayudante de su secretaria y le pregunta si llamó el Señor González –un tipo a quien su esposa pilló en la cama matrimonial con un travesti y que está atravesando un largo y desagradable proceso de divorcio-. Y antes del sí o no y su explicación, el abogado en cuestión vislumbra su propio trasero en las pupilas de ella.

- Perdona, Elena, pero ¿qué hace mi culo en tus ojos?
- No sé, Javi, lleva ahí todo el día y no sé cómo hacerlo desaparecer…

También ha ocurrido que al ir a hacer una fotocopia, he sentido el impulso de encaramarme a la fotocopiadora, subirme la falda e invitar al jefe a fotocopiarnos una cópula, para luego repartirla por las mesas de las del Otro Lado. Un mensaje por detrás desvelaría nuestro secreto: “Sí, nos hemos acostado”.

En un viaje al cuarto de baño, incluso llegué a sentir una palmadita allí donde acaba la espalda. Y un susurro en el oído: “Cómo te quedan esos vaqueros…”. Cuando me voltee, no había más que una puerta cerrada, que presumiblemente me había golpeado en su camino hacia la jamba.

Me encuentro sumida en un tsunami de sensaciones que se contradicen y van de un lado al otro de la gama de los sentimientos, pasando por todos los estados. Ya no sé si le quiero, le odio, le deseo o, simplemente, me da igual. Porque creo que son un poco todas estas cosas a la vez y ninguna.

Él ha adoptado la postura más fácil: hacerse el loco. Ahora, cuando quiere hacer una broma, ya no se dirige a mí, sino que comenta con Cristina. Han debido eliminarle la cuenta de correo de la oficia, porque de los quince diarios que nos intercambiábamos ha pasado a cero. Ya no se queda hasta tarde. Ya no me espera. Ya no hay conciertos, ni exposiciones, ni vespas…