Las amigas hemos quedado para cenar. Una frase sencilla, sintácticamente simple, pero cargada de connotaciones. La primera de ellas es, sin duda, que Belén y yo nos vamos a tajar. Seguro. La segunda, que el resto huirán escalonadamente a sus respectivas casas, con sus futuros. La tercera será para mà un enigma, y al dÃa siguiente Belén me lo relatará amablemente. Esto lo sé porque es lo que ha ocurrido en las últimas, digamos, siete veces que hemos quedado en este año. Sin contar las que han venido con sus amados novios y alguna ha escapado antes del postre –Belén y yo como una cuba para entonces-.
No soy partidaria de las ‘cenas de chicas’. El simple hecho de escribirlo y entrecomillarlo me da un poco de grima. Pero es la única forma de quedar con todas ellas sin la presencia coercitiva de sus compañeros de cama –espero que no de 80-. En cuanto aparece alguien del género masculino –amigo, se entiende-, queda la veda abierta para cualquier dictador sentimental a la caza de su moza. No es que me caigan mal. Tampoco bien. Simplemente yo no los he elegido. No son mis amigos y no tengo que compartir con ellos mis intimidades. Ya bastante les cuentan ellas de mÃ.
Yo no les caigo bien a ellos. Simbolizo el pecado, la solterÃa, la promiscuidad, la vida alegre. Nada de lo que desean para sus virginales novias –a quienes, por supuesto, no han visto cuando eran la alegorÃa de la lujuria, tiempo ha-. Les preocupa que salgan conmigo, conozcan a alguien y les abandonen. Y les molesta que durante la cena alardee –cosa que me encanta hacer precisamente cuando están ellos- de mi existir libre de compromisos y, por lo tanto, feliz –gran mentira ésta, por otra parte-.
Supongo que son los celos o la nostalgia los que me empujan a medio odiarles en silencio –o a voces cuando me quedo a solas con Belén-. Les tengo envidia porque ahora son ellos quienes salen con ellas los fines de semana, quienes se van de vacaciones con ellas, quienes les dan las mejores sorpresas por su cumpleaños –y por navidad, y en su aniversario… y ¡hasta a sus madres!-, y también, por qué no, los disgustos más grandes. Puede –y esto serÃa mucho más sano para mi equilibrio mental- que simplemente añore los años de universidad, en los que un gran grupo de compañeros y amigos de compañeros y amigos de amigos de compañeros –y asà sucesivamente- salÃamos de marcha, organizábamos escapadas –que la mitad nunca las llegamos a hacer-, nos quedábamos HASTA TARDE.
Quién sabe qué será, pero yo ya estoy un poco de mal humor y a la defensiva y todavÃa no es ni medio dÃa. Últimamente, para más inri, todas han encontrado su lugar en el mundo, un trabajo, una casa, una estabilidad. Llegaré, les hablaré de Jaime, de la camarera del Josealfredo, de mis dudas sobre la independencia y les pareceré una completa cretina, a la que contestarán con media sonrisa y sin ninguna palabra. Y lo peor: sabré que tienen razón en todo.









