Hay una coctelerÃa en la ciudad que me encanta. Está entre lo que podrÃa considerarse un bar normal y corriente, y un local chic. Los cócteles están muy buenos y los gin tonics son de tamaño familiar, están bien mezclados, puedes pedir que le quiten el gas a la tónica y, lo más importante: no te lo sirven en vaso de tubo. El vaso de tubo es un recipiente que odio, asÃ, sin más.
En fin, es un sitio que me fascina pese a que mis amigas no compartan esta opinión. Además, siempre que voy, acabo la noche en casa de un chico guapo. Por lo que es entrar, y empezar a babear como el perro de Pavlov.
Del Josealfredo me inquietan varias cosas. La primera es por qué narices la mayor parte del público son mujeres de treinta y tantos, vestidas de Bimba y Lola. Creo que justo esto, que todas las féminas del lugar sean un intento de pija que no se ha dado cuenta de que ya dejó la universidad, es lo que consigue la regular negativa instantánea de mis amigas a mi proposición semanal de acercarnos por allÃ.
La segunda es una hermosa camarera. Es morenita, guapÃsima, y cuando emprende su marcha para llevar las bebidas a las mesas del fondo, una luz cenital que no se sabe de dónde sale –posiblemente sea el mismÃsimo Dios- va marcando su camino. Bueno, y tiene unas tetas que me flipan.
Yo tengo un problema enorme y es que no controlo mis gestos, si algo me gusta abro la boca como una imbécil y si me desagrada pongo cara de culo. Asà que intuyo –más bien me lo han comentado avergonzados alguna vez quienes me acompañaban- que a esta pobre muchacha la he sometido a acoso gestual. No se da por enterada y nunca me ha pasado su teléfono en un papelito, por lo que deduzco que es totalmente heterosexual.
En cambio yo, como Calamaro, soy muy sensible a la belleza, y cuando ésta es el elemento predominante en un ser humano, me da bastante lo mismo lo que tenga entre las piernas. Soy de esas que mantiene la teorÃa de que la heterosexualidad es una farsa, un simple invento de la cultura castrante a la que hemos estado sometidos tantos años. Quién sabe, a lo mejor es simplemente que soy una pervertida.
Esta noche he quedado con Pedro para tomar algo allÃ. El algo suele convertirse en cincuenta euros en gin tonics cada uno, las espinillas moradas de golpearme con todo lo que se me cruza cada vez que me bajo del taburete –con Pedro nunca me siento en las mesas, que es como de novios-, y el calor de la cama pequeña. Veremos en qué queda todo esto.









