Es el primer verano de mi corta vida laboral que no tengo que ir a una oficina. Durante todo este año he trabajado de secretaria, administrativo o yo qué sé cómo llamarlo en un bufete de abogados, ahora todos de vacaciones –como Dios manda-. Yo no tengo pagas extras -ni tan siquiera un número de la seguridad social propio- así que tomé la decisión de quedarme en mi hogar trabajando para una editorial pequeña durante este mes.
Esta situación tiene un peligro muy grande: en cuanto te descuidas, como no tienes horarios, acabas agarrándote por las tardes una moña monumental a cañas –que con las horas se convierten en gin tonics- y por la mañana no hay quien te levante.
Ayer recibí este mensaje de mi amiga Belén: “T spero a ls 11 n l mtro d Tribunal. recuerd: tomat 1 omeoprazol ants de salir”. Omeprazol es la marca de un protector estomacal al que temporalmente mis amigas y yo somos adictas. A éste le precedió como medicamento estrella el Espidifen, y a este otro, el Katovit –descanse en paz-. Ahora, antes de salir, siempre tomamos la dichosa pastillita porque hemos descubierto que las resacas son mucho mejores. Protección, amigo conductor.
Pues bien, aunque la noche no pintaba especialmente divertida –con este calor no hay quien se mueva-, hicimos un clásico recorrido MadrizMadriz – Tupper Ware – Vía Láctea, y a las tres de la mañana ya no sabíamos ni tocarnos la punta de la nariz. Cuando volvíamos a casa –o lo intentábamos- nos cruzamos con dos jóvenes que echaban el cierre a uno de los bares de la calle de La Palma. Tres segundos después nos encontrábamos encaramadas en sendos taburetes, contándoles nuestras vidas a estos pobres desgraciados que, ingenuos, no sabían a qué se enfrentaban cuando nos ofrecieron “una copa en un lugar tranquilo”.
Yo creo que les relaté con pelos y señales la historia de Jaime, y en un momento dado hasta se me escaparon un par de lagrimitas al recordar que quedan pocos días para su vuelta. Hace un rato me ha contado Belén –que nunca olvida nada- que aquellos que nos invitaron, acabaron por largarnos, hartos de nuestros lamentos. Bueno, me ha recordado esto y que los conocimos, porque, por suerte o por desgracia, yo, a la segunda caña, activo un mecanismo por el cual el resto de la noche es un enigma. No es la primera vez que nos echan de una casa, bar o recinto x, y no es un honor que te pidan que te vayas por palizas. Aunque seas una tía. Aunque lleves un gran escote. Aunque seas obviamente una presa fácil.
Esta mañana he vomitado algo amarillo. Dice Belén, que es de ciencias, que es bilis. El puto protector estomacal es una mierda. Me duele desde la barriga hasta la garganta. Por no hablar de la cabeza. Una montaña de papeles y libros por revisar se amontona en mi escritorio y me mira desafiante mientras escribo estas líneas. No pienso volver a beber. Al menos hasta mañana.









