Elena, a veces, también está triste. A Elena, en ocasiones, le apetece escuchar de forma repetitiva Creep o cualquier cosa de Elvis Perkins o, incluso, a Death Cab for Cutie. Leer un libro sobre la destrucción del mundo. De esos del tipo de La carretera. Llorar. Lamentarse por los fines de semana perdidos, por los domingos de resaca, por todos los hombres a quienes no les importa. Y, por qué no, por todos los que no le han importado nada.
Pensar en lo lejos que se siente de sus amigos, de lo absolutamente distante que está de la realidad de su casa, de lo absurdas que le parecen sus existencias y de lo ridícula de la suya.
Elena sabe que su vida no se asemeja ni por asomo a lo que había planeado, que cuando sus profesores en el colegio alababan su forma de escribir, su facilidad para comunicarse, su voracidad lectora, y la obsequiaban con la nota más alta, jamás imaginó que dos años después de haber terminado la carrera –LA CARRERA, lo que siempre quiso hacer, su obsesión, su vocación más profunda- todavía estuviese dando tumbos. Sin contrato, sin seguridad social, sin reconocimiento, sin demasiadas ganas de continuar.
Cuando Elena está así –llamémoslo melancólica, reflexiva, consciente- se mortifica por sus fracasos, sin llegar a entender qué es lo que ha pasado. Quién o qué fuerza la ha alejado del camino, de la fortuna, del amor y de todas esas cosas que uno espera a los veintitantos. La edad dorada, los mejores años que dice su madre.
Pero si Elena está así es por un motivo. Tal vez por varios. Aunque es singular el factor determinante de la particular desesperación de hoy: el lunes vuelve al bufete, donde nadie le dirige una sola mirada, donde es la mula de carga, la secretaria, la que se equivoca todo el rato. La enana. La oficina, ese lugar en el que pasa más horas de las que debería y en el que, dos mesas atrás, separados por un panel de cristal, se encuentra sin saberlo aún el amor de su vida número dos. Maravilloso, admirable, ajeno a los pensamientos de Elena, a sus deseos, a su intensa idolatría.
Feliz rentrée, Elena. Agosto ha terminado.

El encuentro transcurría viento en popa: cenamos en el
Las amigas hemos quedado para cenar. Una frase sencilla, sintácticamente simple, pero cargada de connotaciones. La primera de ellas es, sin duda, que 







