28 agosto 2008 a las 9:29 por elenayelsexo

Feliz rentrée

pena.jpgElena, a veces, también está triste. A Elena, en ocasiones, le apetece escuchar de forma repetitiva Creep o cualquier cosa de Elvis Perkins o, incluso, a Death Cab for Cutie. Leer un libro sobre la destrucción del mundo. De esos del tipo de La carretera. Llorar. Lamentarse por los fines de semana perdidos, por los domingos de resaca, por todos los hombres a quienes no les importa. Y, por qué no, por todos los que no le han importado nada.

Pensar en lo lejos que se siente de sus amigos, de lo absolutamente distante que está de la realidad de su casa, de lo absurdas que le parecen sus existencias y de lo ridícula de la suya.

Elena sabe que su vida no se asemeja ni por asomo a lo que había planeado, que cuando sus profesores en el colegio alababan su forma de escribir, su facilidad para comunicarse, su voracidad lectora, y la obsequiaban con la nota más alta, jamás imaginó que dos años después de haber terminado la carrera –LA CARRERA, lo que siempre quiso hacer, su obsesión, su vocación más profunda- todavía estuviese dando tumbos. Sin contrato, sin seguridad social, sin reconocimiento, sin demasiadas ganas de continuar.

Cuando Elena está así –llamémoslo melancólica, reflexiva, consciente- se mortifica por sus fracasos, sin llegar a entender qué es lo que ha pasado. Quién o qué fuerza la ha alejado del camino, de la fortuna, del amor y de todas esas cosas que uno espera a los veintitantos. La edad dorada, los mejores años que dice su madre.

Pero si Elena está así es por un motivo. Tal vez por varios. Aunque es singular el factor determinante de la particular desesperación de hoy: el lunes vuelve al bufete, donde nadie le dirige una sola mirada, donde es la mula de carga, la secretaria, la que se equivoca todo el rato. La enana. La oficina, ese lugar en el que pasa más horas de las que debería y en el que, dos mesas atrás, separados por un panel de cristal, se encuentra sin saberlo aún el amor de su vida número dos. Maravilloso, admirable, ajeno a los pensamientos de Elena, a sus deseos, a su intensa idolatría.

Feliz rentrée, Elena. Agosto ha terminado.

26 agosto 2008 a las 13:00 por elenayelsexo

De lo que acaeció en la ‘cena de amigas’

elena1.jpgEl encuentro transcurría viento en popa: cenamos en el famoso cubano que hay por Gran Vía que tan de moda está, y que comparte nombre con el gran emporio de Amancio Ortega. Rico, económico y de calidad –aunque totalmente falto de glamour y no apto para personas con estómagos sensibles o problemas de sobrepeso-. Nadie hizo ademanes de querer escapar, no hubo tensiones, ni miradas de desdén. Y, por el contrario, las sonrisas -¡e incluso risas!- se parecían mucho a las que fueron en otro tiempo.

Unas cervezas durante la ingesta masiva de calorías, y nos marchamos, todas tan contentas, a la Vaca Austera. Bailecito para arriba, bailecito para abajo, incluso hablamos con otros grupos de amigos. Hasta que llegó la tragedia. Una mujer visiblemente beoda gritó a pleno pulmón entre los corrillos que allí habíamos formado:

- ¡El orgasmo vaginal no existe! ¡Es un mito!

Y tras esta afirmación se quedó más ancha que pancha y siguió bebiendo a sorbitos pequeños de su roncola. Yo lo sentí una provocación. Aquella fémina ataviada con la versión cara de los modelos del H&M había querido alzarse como La Libertad guiando al pueblo soltando esa perlita como una bomba, y esperando que todo el mundo la siguiese y encumbrase como se merecía. Como una revolucionaria cargada de razones y de verdad. La gran liberadora de la mujer.

Mis amigas me miraron. Sabían que yo iba a recoger el guante. Que aquello era una clara afrenta para mí. Nunca habíamos hablado del tema, pero mi cara lo decía todo. Me iba a poner pesada.

Toqué el hombro de la joven libertaria:

- Oye, creo que el problema es precisamente –palabra que cuesta mucho pronunciar a partir de las doce de la noche- que se crea que es un mito.

Sin ánimo de debatir, sino más bien de sentenciar, la sacudidora de yugos replicó:

- ¡Viva la masturbación! Eso es lo que hay que reivindicar, mona, lo otro es ficción.

Me remangué y eso que iba en tirantes:

- Entonces mis amigas y yo vivimos un cuento. ¿Verdad…?

Acto seguido me giré, buscando el apoyo de mis compinches. Pero allí no había ni rastro. Únicamente se intuía a Belén, al fondo, sentada en un taburete con la vista perdida en el infinito, bebiéndose el agüilla que quedaba en su copa casi vacía. Me acerqué a ella al encuentro de comprensión:

- Vente, Belén, hay una tía ahí diciendo muchas gilipolleces sobre el orgasmo vaginal.

Su respuesta fue concisa:

- Org… ¿qué?

“Bueno, no es el momento de molestar a Belén con discusiones complicadas”, me convencí. En ese instante, el resto salió con cautela del baño, su refugio. Anduvieron a todo meter hacia la puerta de salida –lo habrían hecho hacia una trasera de emergencia en caso de haber existido- pero allí estaba yo a la espera de una explicación.

-  ¿Os vais ya?
-  Sí, tía –dijo Lara- Mañana tengo guardia y quiero dormir al menos siete horas.
-  ¿Habéis oído lo que ha dicho ésa?
-  Ele, no tenemos tiempo. Nos vamos.

Me besaron las mejillas y desaparecieron.

Nos quedamos allí un rato más Belén y yo –para variar-. Pero yo no daba crédito. Igualito que el día que descubrí que los pelos del culo eran algo normal y no es que yo fuera un monstruo velludo, aunque al revés. Nadie quería hablar sobre el orgasmo vaginal y la única que lo había hecho era para negarlo. No era posible. Si algo tengo claro, mucho más que dos y dos son cuatro, o que la tierra es redonda, es que el orgasmo vaginal existe. A los hechos me remito. A años de disfrute, de investigación casi científica, de mucho trabajo de campo.

Volví a casa temprano –tampoco hay que exagerar, no muy tarde sería más preciso- y preocupada. Obviamente, les mandé un e-mail a las chicas para, al menos, comentarlo online. Todavía no he tenido respuesta.

22 agosto 2008 a las 12:34 por elenayelsexo

Los amigos de mis amigos, no tienen que ser mis amigos

080822_pareja.jpgLas amigas hemos quedado para cenar. Una frase sencilla, sintácticamente simple, pero cargada de connotaciones. La primera de ellas es, sin duda, que Belén y yo nos vamos a tajar. Seguro. La segunda, que el resto huirán escalonadamente a sus respectivas casas, con sus futuros. La tercera será para mí un enigma, y al día siguiente Belén me lo relatará amablemente. Esto lo sé porque es lo que ha ocurrido en las últimas, digamos, siete veces que hemos quedado en este año. Sin contar las que han venido con sus amados novios y alguna ha escapado antes del postre –Belén y yo como una cuba para entonces-.

No soy partidaria de las ‘cenas de chicas’. El simple hecho de escribirlo y entrecomillarlo me da un poco de grima. Pero es la única forma de quedar con todas ellas sin la presencia coercitiva de sus compañeros de cama –espero que no de 80-. En cuanto aparece alguien del género masculino –amigo, se entiende-, queda la veda abierta para cualquier dictador sentimental a la caza de su moza. No es que me caigan mal. Tampoco bien. Simplemente yo no los he elegido. No son mis amigos y no tengo que compartir con ellos mis intimidades. Ya bastante les cuentan ellas de mí.

Yo no les caigo bien a ellos. Simbolizo el pecado, la soltería, la promiscuidad, la vida alegre. Nada de lo que desean para sus virginales novias –a quienes, por supuesto, no han visto cuando eran la alegoría de la lujuria, tiempo ha-. Les preocupa que salgan conmigo, conozcan a alguien y les abandonen. Y les molesta que durante la cena alardee –cosa que me encanta hacer precisamente cuando están ellos- de mi existir libre de compromisos y, por lo tanto, feliz –gran mentira ésta, por otra parte-.

Supongo que son los celos o la nostalgia los que me empujan a medio odiarles en silencio –o a voces cuando me quedo a solas con Belén-. Les tengo envidia porque ahora son ellos quienes salen con ellas los fines de semana, quienes se van de vacaciones con ellas, quienes les dan las mejores sorpresas por su cumpleaños –y por navidad, y en su aniversario… y ¡hasta a sus madres!-, y también, por qué no, los disgustos más grandes. Puede –y esto sería mucho más sano para mi equilibrio mental- que simplemente añore los años de universidad, en los que un gran grupo de compañeros y amigos de compañeros y amigos de amigos de compañeros –y así sucesivamente- salíamos de marcha, organizábamos escapadas –que la mitad nunca las llegamos a hacer-, nos quedábamos HASTA TARDE.

Quién sabe qué será, pero yo ya estoy un poco de mal humor y a la defensiva y todavía no es ni medio día. Últimamente, para más inri, todas han encontrado su lugar en el mundo, un trabajo, una casa, una estabilidad. Llegaré, les hablaré de Jaime, de la camarera del Josealfredo, de mis dudas sobre la independencia y les pareceré una completa cretina, a la que contestarán con media sonrisa y sin ninguna palabra. Y lo peor: sabré que tienen razón en todo.