26 marzo 2010 a las 19:35 por elenayelsexo

Besos a todos (y que nunca os falten)

Cuanto más se habla, más tiene que tragarse una sus propias palabras. “La lengua es el azote del culo”, que diría aquel.

En agosto de 2008, hace ya casi dos años, empecé este blog con muchos propósitos que nunca cumplí. Como debe ser. El primero fue contar mi vida –como otras tantas habían hecho antes- evitando ser reconocida. Fracasé. A las dos semanas de escribir este post, la camarera del Josealfredo le dijo a una amiga: “¿Esa es Elena, la del sexo?”. Y a las pocas horas de publicar este otro, una compañera de la universidad me mandó un e-mail: “Esto sólo lo puedes haber escrito tú”. La infracción a mi autoimpuesta norma número uno fue causa directa de mi transparencia, y como la sinceridad absoluta era la segunda, dejé pasar este descuido en la inicial.

La tercera me obligaba a mantener cierta distancia con los comentarios y sus autores. También fallé en esta empresa. Un tal David, que atiborró de disquisiciones extrañas esta entrada, consiguió exasperarme, enfurecerme y me hizo saltarme a la torera el punto tres y contarle a Celia31 (mil gracias) mi preocupación y desespero. Nunca quise que se notase demasiado en el que fue mi diario (podríamos denominarlo como “cuarto precepto”) pero cada vez que había un mensaje nuevo, éste podía cambiar totalmente el rumbo de mi día. Mi autoestima se ha tambaleado con algunos comentarios implacables, mientras que otros me han hecho arrancar a escribir un nuevo texto.

El quinto elemento en la lista decía algo así como “nunca harás lo que han hecho ellas”. Y ahora aparezco con él en bodas, bautizos, comuniones y otras días de guardar. Si bien sigo siendo la “joven, noctámbula y liberal” (Dios mío, me da vergüenza leerlo en voz alta), mi situación ha dado un giro y poco o nada tiene que ver a la de hace dos veranos.

He conocido a alguien a quien respeto y sobre quien no necesito gritar nada a los cuatro vientos de Internet. Aprecio la intimidad que tenemos y no me apetece, más bien me parece una pequeña traición, dar detalles minuciosos de lo nuestro que cualquiera que navegue en este río de letras pueda capturar. Tampoco creo que a nadie le interesen. Os aseguro que para un tercero son historias bastante aburridas. Quizá porque son simples cosas de dos.

Así que me voy, compañeros de lamentos (y algunas risas, ¿no?). Gracias a los fieles y a los que pasaban por casualidad; a los que habéis comentado y a los que no; a quienes incluso habéis chateado conmigo; a quienes me habéis relatado lo vuestro…; a las chicas de Telecinco.es y a mi otra mitad de por allí. Besos a todos (y que nunca os falten),

Elena.

4 marzo 2010 a las 21:55 por elenayelsexo

De cuando las cosas salen bien

A veces, pero sólo en raras ocasiones, ocurre que cuando se desea algo, se consigue.

José trabaja y vive con mi amiga Belén, pero se relacionan en un vivir muy casto. De esos sin tocamientos; de esos que se limitan a charlas en la cocina por la mañana y tazas de té por las tardes. El caso es que hace tiempo, cada vez que voy a buscar a Belén a su casa, me lo encuentro. Y me hace gracia, para qué negarlo.

José es sudamericano con todo lo que eso conlleva: habla bonito, baila bien, y se lo toma todo con sentido del humor y mucha calma. Aparte de estos atributos, el chico cocina de maravilla y siempre que me paso por allí, me ofrece alguna delicatessen que casualmente ha preparado esa tarde.

Entre “prueba esto, linda” y “qué bien te ha quedado aquello” empezamos hace tiempo a establecer cierta amistad basada en el gusto. Y sin nada de tacto y parcas palabras hemos llegado a una extraña intimidad para la que todavía no encuentro más descripciones o adjetivos.

El pasado sábado por la noche accedió a acompañarnos en una reunión de amigos de esas que comienzan con las cañas del aperitivo pero que uno nunca tiene ni idea de cómo o dónde terminan.

Sus ojos oscuros me persiguieron todo el tiempo de un lado a otro. Y a cada comentario, me encontraba una sonrisa en sus boca perfecta como respuesta. Hicieron falta por lo menos cinco cervezas para que nos besáramos, una más para que la mano fuese de la cintura al culo y cinco minutos después de esto para que, urgidos, siguiéramos en casa de Belén.

Me desperté con resaca, pero sin ansiedad ni ganas de salir corriendo. Él tuvo que marcharse toda la mañana del domingo a terminar un trabajo y yo decidí, sin miedo, quedarme con mi amiga hasta que volviera. Cuando regresó me arrastró a caricias de nuevo a su cuarto y rematamos algunas asuntos que el día anterior no habían quedado del todo claros.

Estos días hemos entrado en la dulce rutina de los mensajes que no dicen nada y que se contestan con algo aún más vacío pero igual de tierno. En los días en que en el inbox siempre hay un mail con una canción bobalicona adjunta. En las noches en que no asusta hacer planes y las madrugadas en que no necesitas hacerlos.

Y por primera vez en décadas (tantas como dos y media) no pienso en algo más allá del ahora. Creo que va siendo hora de echar el cierre a una etapa.

21 febrero 2010 a las 23:42 por elenayelsexo

Sexo como tabla de gimnasia

Sus padres se habían marchado a la casa de la sierra por el fin de semana. Lo sabía de antemano porque puedo decirlo alrededor de diez veces en la redacción. La situación con Ainoa se había normalizado y creo que éramos amigas. Lo bueno de esto era que podía hacer mi trabajo sin pensar en sus bragas en loop. Lo malo, que ya no tenía sentido intentar algo. Así que supongo que sólo quedaba él.

Las insinuaciones empezaron a ser tan burdas que cada vez que me agarraba por la cintura cuando iba camino, por ejemplo, del baño, todos sonreían con ternura. Que Marcos pretendía acostarse conmigo en casa de sus padres el fin de semana era algo obvio. Y pocas veces me había negado yo a tal menester.

Casualmente, el viernes tocaba en la ciudad un grupo que nos gusta a los dos. Todo sucedió tal y como debía y en los bises ya tenía su lengua en la garganta. Fuimos en su coche pasando por una de esas situaciones raras en las que no se sabe qué comentar y sólo quedan las paradas en los semáforos para magrearse. Hice todo lo que debía como si se tratase de una tabla de gimnasia.

El siguiente ejercicio consistía en morrearse en los pasillos del edificio hasta llegar a su puerta, desabrochándonos con violencia los botones de pantalones, faldas y camisas. Sentí mi desnudez como el uniforme oficial del sexo. Lo lucí por su cuarto, orgullosa. Pero Marcos resultó ser un torpe. Me mordió el cuello y en vez de escalofríos sentí un leve y molesto dolor, al que siguió un moratón espantoso. Sintonizó la radio con mis pezones, que se quejaban erectos. Y después de estos sencillos pasos que parecían estudiados de un manual, la embestida.

El cuerpo flaco de Marcos me paralizó sobre el colchón agitándose rítmicamente y sin dar opción a réplica. Se marcó el clásico pim-pam, pim-pam que a una le deja más fría que un fiambre. Terminó y ni siquiera se ocupó de si yo había hecho lo propio. Se acostó a mi lado, en silencio.

Decidí que lo mejor era marcharme y hacer en lo sucesivo como si no hubiese ocurrido nada. Y la verdad era que, en realidad, yo salí de su casa como había llegado. Quizá con el pelo un poco más revuelto. Marcos fue un fiasco. Una pena, porque el chico prometía.