18 enero 2011 a las 9:31 por delunoalcinco

África

Miro al pasado e intento recordar, comprender. ¿Qué quedó en mí de África? ¿Dejé algo allí? ¿Seré capaz de escribir algo más sobre ella? ¿Algo coherente? ¿Servirán de algo mis palabras?

África se esconde en mi memoria como el recuerdo de una antigua amada, como una dama bellísima, oscura y olvidada, y sin embargo siempre presente. ¿Qué esperarán leer aquí los que ahora leen? ¿Más de lo mismo? ¿Algunos de aquellos bellos tópicos que codician los que juegan a ser aventureros? ¿Reseñas para los coleccionistas de datos, términos e imágenes vacías? ¿Saben que pienso?, pienso que a África le sobran las palabras, todas estas y otras muchas, y le faltan hechos, todo el bien que jamás hicimos por ella y todo el mal que le forjamos.

Aunque tal vez no lo sea, en cierto modo, también me siento culpable de su imperdonable descuido, de su desconocimiento, de su doliente pasado y su infame presente. Veintidós veces al menos pisé ese planeta bruñido, añejo, altivo y soberbio, pero apenas supe vislumbrarlo. Me lo decía mi padre después de pasar muchos años allí: “No intentes comprender, simplemente admira y disponte a gozar y a sufrir con ella”…

Después de conocerla, aunque fuera de forma tan tímida,  no hice apenas nada y sigo sin hacerlo, salvo recitar palabras doloridas una y otra vez, tan nostálgicas como inútiles. Hacen falta pocos pasos para llegar a ese mundo remoto, más rojo que Marte en ocasiones, más rojo y más olvidado. ¡Qué cerca está y que lejos nos queda!…

A mi padre, como a mí, le dolía su historia, esa parte de su pasado que manoseamos y que por tanto nos atañe. Una turba de tipos de rostro lechoso cayó sobre ella como una maldición que sigue perpetuándose. Es la vieja historia de los conquistadores, llegar y pisotear. Desangrar. Aquí o allá, antes o ahora. La violaron sin piedad una y otra vez, mancillándola. Casi todo lo que hicieron estuvo mal. Muy mal. Ingeniaron  pésimas patrias blancas para aquellos “buenos negritos”. Trazaron a su antojo los confines de una tierra bruna e inabarcable, todo para creerla suya y rendida. Límites para ellos incomprensibles, inasumibles muchas veces. ¡Qué equivocados estaban los descubridores y cuanto daño hicieron!

La desvalijaron sin piedad, intentaron despojarla hasta de su alma inmensa aunque, al menos eso, no lo consiguieron del todo. Despreciaron a sus Dioses,  desecharon sus leyendas, rechazaron sus dicciones, sus símbolos, su buena educación, su forma de entender y contar,  liquidaron sus mensajes, impugnaron sus leyes, arruinaron la vida de ese territorio inmenso y la de casi todos los seres que en su vientre vivían. Exterminaron, saquearon y, más tarde, con las alforjas bien repletas de tesoros, echaron a correr dejando atrás toda su desolación en manos de gobernantes corruptos y bien adiestrados en la villanía.

África sigue malviviendo a causa de aquellos pillajes, sangrando las heridas que le dejaron todos aquellos pillos.

Desde entonces, desde que la frecuentamos, y no hace tanto de eso, África jadea triste. Suena melancólica como una viola o un violonchelo, pausada y profunda, distinguida e inalcanzable. Estridente como un vetusto acordeón de fuelle rasgado. Atropellada, desentonada, crispante, patética, resignada. La miro desde lejos y en ocasiones relumbra como el ámbar. Otras distingo en la distancia su hosco aspecto, negro y áspero como el carbón y el pedernal. Y ahí sigue, detenida, aun cubierta de aquel blanco estiércol, a medio camino entre el milagro y el desastre.

En ella está el origen. El pesado y lento girar de la Tierra parece depender de su parsimonioso mecanismo. Si pienso en ella, un rumor profundo retumba en mi alma,  haciendo tremar levemente todo cuanto guardo dentro del pecho. Aun la amo, aunque intento no sufrir más por eso.

Desde niño está conmigo. Mil veces soñé con ella, con llegar a ella y “conquistarla”, a mi manera. Seguí los pasos de mi padre y la encontré. Poco habían cambiado las cosas desde entonces, y siguen sin cambiar. Allí, por primera vez,  pude sentir esa misteriosa fuerza que me mantiene pegado a la esfera. El verdadero peso de mi esencia humana. ¿Cabe aun la esperanza?

En África aturden los fulgores y aterran las tinieblas. Vivirla, sentirla, contemplarla, perfora los sentidos para bien y para mal, dejándote exhausto. Es absolutamente deslumbrante hasta en la más absoluta oscuridad.

La mirada no está acostumbrada a tanta y tan rara belleza, a tanta y tan inaudita fealdad. El oído no puede abarcar todos los matices de sus bullicios y silencios sin inquietarse, sin aterrorizarse, provengan de las bestias o los hombres. Es imposible no sucumbir ante los hipnóticos ritmos de sus músicas o sus mágicas danzas, en los latidos de los tambores. Puedes embriagarte en sus suspiros de incienso o asfixiarte en sus aires definitivamente fétidos. Tras sus máscaras se esconden, extraordinarias, la beldad y la monstruosidad.  Su tacto puede ser suave como el marfil o la seda, o tener la aspereza de la piel del elefante. Saborearla puede conducirte al éxtasis o a la agonía. Puede matarte de calor o de frío, de pena o alegría, de dolor o de placer, de amor o desamor. No hay términos medios en África, no hay tibiezas, todo vive o muere en contrates inverosímiles.

Allí el tiempo transcurre mucho más veloz o de forma exasperadamente lenta. También las lánguidas, renunciadas y delirantes vidas de muchos de sus habitantes.

Ella no concibe la prisa, ni frecuenta en exceso la eficacia o la justicia, ni espera ser comprendida. Condenada a la hambruna y a la sed, se le escapan sus seres buscando anhelos imposibles…

Y ahí sigue. Sin esperar apenas nada, ni mucho ni poco, sin hacer demasiadas preguntas, sin respuestas que ofrecernos. África, bellísima y desesperada, continúa hundiéndose en el más apabullante y generoso sufrimiento que uno pueda imaginar.

¿Se acordará de que alguna vez lloré por ella?

(Publicado en el diario El Mundo el 18 de enero de 2011)

29 diciembre 2010 a las 0:52 por delunoalcinco

El único amor infinito…

“Amar”, que palabra tan sencilla trazamos para pretender describir emociones tan complejas. ¿Nunca se han parado a pensarlo? Los seres humanos sentimos e inspiramos amor, por inexplicable que esto pueda parecer si se reflexiona un poco al respecto. ¡Qué insólitas bestias somos! Experimentar tales sentimientos es algo en verdad inconmensurable.

Algo innato, eso parece. Algo inevitable, algo realmente grandioso que pervierten las obsesiones, el insano afán de la posesión, la perversa idolatría, el egoísmo…

Justo al otro lado de éste, del egoísmo, y del odio, en la oculta orilla de lo más insondable, allí se encuentra el mejor Amor, el más noble y magnánimo. Quizá lo hayan sentido ya.

De entre todos los posibles destinos del amor, entre todas las posibles formas de amar, hay uno que eclipsa cualquier otra perspectiva: el Amor por nuestros hijos. Un estremecimiento de adoración inmediata e infinita, un instinto bestial que nos lleva a sentir ternuras y afectos incomparables, con todos los gozos y desvelos que ello entraña.

No, los papás no parimos. Para un padre no hay pataditas, ni contracciones, ni insufribles dolores de por medio. No nos desangramos en el empeño de verlo nacer, aunque se nos desgarre el alma en esa inaudita inquietud, en la bendita espera, en el anhelo de tener en nuestros brazos a uno de esos diminutos recién llegados. Pero pienso que, de algún modo, también se derrama en ese ser la parte de nosotros que sale de nuestras entrañas, y algunos así lo sentimos.

No todos los padres son iguales, no todos saben ni pueden apreciar el singular e imponente don de la “paternomaternidad”. Yo tuve esa suerte, con cada uno de mis hijos, pude sentir como crecían dentro de mí, como se gestaban también en mi interior, como se me hinchaba muy adentro todo ese amor, una y otra vez. Caldos de diferentes cosechas pero de idéntica calidad. Tengas uno o diez retoños el amor es siempre impar, indivisible, incomparable, infinito…

Eso les digo a cada uno de mis hijos cada día (aunque para ellos el concepto sea aun más inabarcable que para mí): “Te quiero infinito hijo…, mucho más que infinito” , les susurro cada noche absolutamente convencido de lo que digo, de lo cierto que es en cada caso. “¿Infilito?…”, me han respondido a veces con el gesto más tierno que se pueda imaginar. A cada uno de ellos le aseguro una y otra vez quererle “más que a nada en este mundo”, porque es definitivamente cierto. A ninguno de ellos miento cuando se lo afirmo con rotunda certeza.

Así es y así será. Jamás me cansaré de repetírselo, jamás me canso de cantarles y demostrarles todo el amor que les guardo y les guardaré más allá incluso de la muerte, cuando la muerte venga a separarnos… A pesar de cuantas palabras deje aquí o allá, siempre que intento describir esos sentimientos me invade una fatigosa impotencia. No soy capaz de plasmarlo en estos términos por mucho que lo intente. Algo bastante deshonroso cuando uno pretende ser diestro en el complejo oficio de escribir, esa peregrina pretensión.

Tal vez sobren las palabras, cualquier palabra, también esa tan manida por los humanos: amor. Posiblemente esa calidad, esa variedad del querer, sea realmente inexpresable. En comparación, describir la conmoción que nos causa el amor romántico, con todos sus deseos por saciar, parece un “juego de niños”, o de niñas. Acaparar en las palabras los prodigiosos ecos del mejor amor, del Amor que siento por mis hijos, no deja de parecerme un imposible, algo de verdad inefable.

Yo me iré de aquí absolutamente convencido de haber amado solo tres veces, solo tres. Con “absoluta entrega y renunciación” nada más he amado a ellos, a mis tres hijos. Vistos desde el amoroso desempeño de la paternidad, todos los demás, sin dejar de ser amores, fueron absurdos y tibios sucedáneos, forcejeos, taimados intentos, socarronerías, ficciones. Representaciones muy imperfectas, erróneos subtítulos para algo tan inmarcesible e inequívoco como es el Amor que uno siente por sus hijos. Nada de eso es comparable, pensarán, y es cierto.

Pero lo que yo pretendo es hablar del único y verdadero amor que he conocido. Lo que sientes por tus padres, por tus hermanos y hermanas, por tus amigos y amigas, por cualquiera de tus parejas, es algo muy distinto. Deberíamos inventar nuevas palabras para denominar los diferentes lugares a los que nos llevan los laberínticos recovecos del amar.

Moriría por ellos, por mis hijos, por salvar sus vidas, sin la más mínima duda, por cualquiera de ellos. Dejaría que un oso me arrancara un brazo, que un tiburón me engullera como cebo, que un alienígena me fulminara con su rayo láser o que un dragón me churruscara hasta el alma. Todas sus inquietudes o enfermedades las quiero para mí, todas, para que ellos vivan siempre sanos y en paz.

Si hay algo que pido al “más allá” con cansina insistencia es por ellos, por su bienestar y su salud. Una cosa buena de ser padre es que pierdes el miedo, casi todos los miedos. Todos menos uno. El pavoroso temor a que algo pueda sucederles, a veces, puede llegar a martirizarte en lo más íntimo, ser una tortura. Al menos puede serlo para mí…

No sé porqué me confieso así ante ustedes ahora, en esta noche en la que escribo como tantas otras noches. Tal vez por ello, por el temor a confesar tanto y tan inmenso amor, me haya costado tanto emprender este texto. Quizá sabía que hablar de lo que siento por mis hijos conllevaría esto, esta apasionada declaración de impotencia, una vez más…         

7 diciembre 2010 a las 18:46 por delunoalcinco

Perros y hombres…

Recupero otro relato por el que siento un especial apego, entre otras cosas porque es el comienzo de una historia mucho más larga, una novela, en torno a un personaje que nació siendo apenas nada y que terminó convirtiéndose en alguien muy complejo y muy querido, Michel Leglisse. Espero que despierte la curiosidad de quien lo lea, que os apetezca seguir indagando en el pasado de un anciano ciego y de su perro, casi tan viejo como él. Tal vez un día termine de escribir esta fábula sobre el bien y el mal, bastante ambigua y un tanto siniestra, que transcurre entre dos mundos y dos épocas muy distintas…

Ojala me hablara aun así, como ahora hace con ese árbol, como un día hizo conmigo. Pero me he ido convirtiendo en un animal viejo, impedido, estúpido y perezoso, casi siempre de malas pulgas, sin ganas ya de corretear o menear el rabo, lamer o jugar.

Hace ya tiempo que cada tarde, al caer el sol sobre el escueto jardín, mi amo se sienta en el banquito de piedra que hay junto a un gigantesco pruno y le cuenta, con o sin palabras, lo que tal vez nunca haya contado a nadie, siquiera a mí,  lo que ya no se atreve a decirse a sí mismo o recordar.

No debe quedarle mucha vida. Cuando un hombre habla y siente así es fácil deducirlo. Y créanme que lo siento. ¡Le he amado tanto! Llevo a su lado más de doce años, muchos para un perro. Tampoco a mí debe quedarme mucha vida.

Sé casi todo de él y él sabe casi todo de mí, o debería saberlo. Todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos sentido, todo lo que hemos amado, anhelado o despreciado. Hace ya mucho tiempo se estableció entre nosotros esa rara simbiosis que, a veces, se da entre canes y amos, hasta incluso hacernos parecidos física y anímicamente.

Lo sé. Se estarán preguntando como un perro puede llegar a escribir una historia, por escueta o simple que esta sea o parezca. Antes de seguir adelante, lectores, debo contarles que hace ya algún tiempo empecé a sentirme algo entre bestia y hombre, tal vez, un eslabón entre esos dos estados del alma y de la carne.

Primero fue, ¿como decirlo?, una rara e insípida sensación, una emoción inofensiva, una fantasía inconsistente que podía bien doblegar con el juego o con el sueño profundo. Luego llegaron infames estremecimientos y dolencias más palpables, pesadillas y alucinaciones menos maleables.

También los que creí insignificantes pero incipientes cambios corporales.

Vista, olfato y oído empezaron a mermar, algo que en principio achaqué al inexorable paso del tiempo, a la edad, a la mala salud que suele traernos. Pero la torpeza y la confusión fueron en aumento de forma alarmante. Los dedos de mis pezuñas empezaron a estirarse, a retorcerse; las patas también y se hicieron pesadas como enormes huesos de vaca, apenas me sostenían. Engordé desmesuradamente y una rara flojera me fue invadiendo hasta anclarme, consumiendo casi todo mi brío.

Mis antes anchas y erguidas orejas fueron menguando hasta convertirse en dos ridículas e inútiles protuberancias. Perdí casi todo el pelo, lo que, aparte de otras muchas molestias, me deshonró terriblemente. Mi antes sonrosada piel cambió de tacto y de color, haciéndose grisácea, ajada y mortecina.  Estar tumbado, una de mis grandes aficiones y mis mayores consuelos, fue descubriéndose un suplicio. Día tras día necesitaba, cada vez más, erguirme en una postura humillante y ridícula, mantenerme en pié y caminar sobre mis tardas zancas traseras, o sentarme sobre un escaso culo, ¡como un maldito ser humano!, me decía torturándome aun más.

Comencé también a experimentar tristezas, voluntades y ansiedades otrora desconocidas. El pensamiento se disparó en mi hasta entonces indiferente y precaria mente, haciéndola presa de raras ideas, de febriles reflexiones y temores, de representaciones tenebrosas y absurdas. También llegaron un millón de preguntas sin respuesta que me torturaban hasta el aullido. Jamás hasta entonces me las había hecho más allá de ¿cuándo se come? o ¿cuándo se sale a pasear?

Una larga, lenta, desasosegante y compleja metamorfosis que, creo, aun no ha concluido y que sigue punzando. Como este vago recuerdo que ya deseo abandonar. Les ahorraré muchos de los macabros detalles de la doliente permuta.

Lo peor de todo fue empezar a temer a la muerte. ¿En eso consistía ser un ser humano?, me preguntaba, ¿en hacerse una y otra vez interrogantes para los que no hay contestación?, ¿en torturarse constantemente ante la posibilidad de dejar de existir?  Más tarde aprendí que no se trataba sólo de eso, que ser hombre es algo mucho más lúgubre, insoportable y difuso.

Antes, cuando era completamente perro, me sentía capaz de expresar todo con una mirada, con un suspiro, con unos jadeos al entreabrir la boca, con un chasquido de dientes o unos latigazos de cola. Desde esos días en que se inició la mutación, pobre de mí, comencé además a precisar de las palabras, esas que tantas veces escuché de la voz de mi amo, las que nunca llegué a comprender, aunque entendiera peregrinamente su sentido.

Aun no soy capaz de pronunciarlas, claro, mi garganta sigue aun condicionada por mis torpes ladridos, por aguzados aúllos o graves ronquidos. Pero lo intento con ahínco, casi con desesperación. Me gustaría hablarle, decirle, explicarle,  pero tal vez sólo consiguiera darle espanto. Eso, esos indefinibles sonidos guturales que a veces exhalo, han debido exasperar y enloquecer aun más a mi amo, apartarle definitivamente de mí.

También este, cada vez más, lamentable aspecto que me impide acercarme a él en busca de una caricia, un arrumaco o un achuchón. No quiero que descubra así lo que me esta sucediendo. ¿Cómo disimular la incipiente calvicie, la fealdad, la monstruosidad de un cuerpo cada vez más contrahecho y deforme?

No, ya no dejo que toque, sólo conseguiría ahuyentarle, o que me eche a patadas de su lado, o que me quite de en medio de un certero hachazo. Ahora imaginará que no le quiero, que ya sólo busco su pitanza, aunque siempre sea tan escasa.

Nunca ha llegado a verme; han de saber que mi dueño es ciego. Pero conoce de memoria cada centímetro de mi cuerpo a fuerza de acariciarme, de abrazarme, de cepillarme con mimo, cuando hacía todo eso conmigo. Sus manos, ¡cuanto las echo de menos!, conocían todas las caricias y las muecas necesarias para hablar a los perros sin palabras. Y su voz, todas las voces y vocablos que los sabuesos precisamos oír para sentirnos amados y felices.

Por desgracia, ya apenas habla y cuando lo hace es con ese árbol de hojas encarnadas. Los perros no sabemos platicar, bien es sabido, pero al contrario que la inmensa mayoría de los humanos, dominamos el arte de escuchar. Sólo los perros, los árboles y los humanos leedores, saben permanecer casi en silencio y atender con certeza a las palabras.

Al poco de empezar esta siniestra transformación, aunque muy torpemente, también me empeñé en las enmarañadas destrezas del leer y el escribir. Para poder escuchar y ser escuchado, para poder contar y ser contado. Tal vez un día…

Como sucedió es aun un misterio para mí, créanme, es una larga historia llena de detalles que podrían resultar muy pesados, incluso jactanciosos viniendo de un perro, por ello me los ahorraré. Entre otras cosas, porque me apartaría del verdadero fin que ahora persigo escribiendo, que no es sino relatar la peculiar historia de mí idolatrado dueño y señor, ese que dejé hace rato contando a un pruno lo que me hubiera gustado me contara a mí… ¡La suya si que es una vida interesante!

Se la contaré en otra ocasión, si es que aun tengo vida…