29 diciembre 2010 a las 0:52 por delunoalcinco

El único amor infinito…

“Amar”, que palabra tan sencilla trazamos para pretender describir emociones tan complejas. ¿Nunca se han parado a pensarlo? Los seres humanos sentimos e inspiramos amor, por inexplicable que esto pueda parecer si se reflexiona un poco al respecto. ¡Qué insólitas bestias somos! Experimentar tales sentimientos es algo en verdad inconmensurable.

Algo innato, eso parece. Algo inevitable, algo realmente grandioso que pervierten las obsesiones, el insano afán de la posesión, la perversa idolatría, el egoísmo…

Justo al otro lado de éste, del egoísmo, y del odio, en la oculta orilla de lo más insondable, allí se encuentra el mejor Amor, el más noble y magnánimo. Quizá lo hayan sentido ya.

De entre todos los posibles destinos del amor, entre todas las posibles formas de amar, hay uno que eclipsa cualquier otra perspectiva: el Amor por nuestros hijos. Un estremecimiento de adoración inmediata e infinita, un instinto bestial que nos lleva a sentir ternuras y afectos incomparables, con todos los gozos y desvelos que ello entraña.

No, los papás no parimos. Para un padre no hay pataditas, ni contracciones, ni insufribles dolores de por medio. No nos desangramos en el empeño de verlo nacer, aunque se nos desgarre el alma en esa inaudita inquietud, en la bendita espera, en el anhelo de tener en nuestros brazos a uno de esos diminutos recién llegados. Pero pienso que, de algún modo, también se derrama en ese ser la parte de nosotros que sale de nuestras entrañas, y algunos así lo sentimos.

No todos los padres son iguales, no todos saben ni pueden apreciar el singular e imponente don de la “paternomaternidad”. Yo tuve esa suerte, con cada uno de mis hijos, pude sentir como crecían dentro de mí, como se gestaban también en mi interior, como se me hinchaba muy adentro todo ese amor, una y otra vez. Caldos de diferentes cosechas pero de idéntica calidad. Tengas uno o diez retoños el amor es siempre impar, indivisible, incomparable, infinito…

Eso les digo a cada uno de mis hijos cada día (aunque para ellos el concepto sea aun más inabarcable que para mí): “Te quiero infinito hijo…, mucho más que infinito” , les susurro cada noche absolutamente convencido de lo que digo, de lo cierto que es en cada caso. “¿Infilito?…”, me han respondido a veces con el gesto más tierno que se pueda imaginar. A cada uno de ellos le aseguro una y otra vez quererle “más que a nada en este mundo”, porque es definitivamente cierto. A ninguno de ellos miento cuando se lo afirmo con rotunda certeza.

Así es y así será. Jamás me cansaré de repetírselo, jamás me canso de cantarles y demostrarles todo el amor que les guardo y les guardaré más allá incluso de la muerte, cuando la muerte venga a separarnos… A pesar de cuantas palabras deje aquí o allá, siempre que intento describir esos sentimientos me invade una fatigosa impotencia. No soy capaz de plasmarlo en estos términos por mucho que lo intente. Algo bastante deshonroso cuando uno pretende ser diestro en el complejo oficio de escribir, esa peregrina pretensión.

Tal vez sobren las palabras, cualquier palabra, también esa tan manida por los humanos: amor. Posiblemente esa calidad, esa variedad del querer, sea realmente inexpresable. En comparación, describir la conmoción que nos causa el amor romántico, con todos sus deseos por saciar, parece un “juego de niños”, o de niñas. Acaparar en las palabras los prodigiosos ecos del mejor amor, del Amor que siento por mis hijos, no deja de parecerme un imposible, algo de verdad inefable.

Yo me iré de aquí absolutamente convencido de haber amado solo tres veces, solo tres. Con “absoluta entrega y renunciación” nada más he amado a ellos, a mis tres hijos. Vistos desde el amoroso desempeño de la paternidad, todos los demás, sin dejar de ser amores, fueron absurdos y tibios sucedáneos, forcejeos, taimados intentos, socarronerías, ficciones. Representaciones muy imperfectas, erróneos subtítulos para algo tan inmarcesible e inequívoco como es el Amor que uno siente por sus hijos. Nada de eso es comparable, pensarán, y es cierto.

Pero lo que yo pretendo es hablar del único y verdadero amor que he conocido. Lo que sientes por tus padres, por tus hermanos y hermanas, por tus amigos y amigas, por cualquiera de tus parejas, es algo muy distinto. Deberíamos inventar nuevas palabras para denominar los diferentes lugares a los que nos llevan los laberínticos recovecos del amar.

Moriría por ellos, por mis hijos, por salvar sus vidas, sin la más mínima duda, por cualquiera de ellos. Dejaría que un oso me arrancara un brazo, que un tiburón me engullera como cebo, que un alienígena me fulminara con su rayo láser o que un dragón me churruscara hasta el alma. Todas sus inquietudes o enfermedades las quiero para mí, todas, para que ellos vivan siempre sanos y en paz.

Si hay algo que pido al “más allá” con cansina insistencia es por ellos, por su bienestar y su salud. Una cosa buena de ser padre es que pierdes el miedo, casi todos los miedos. Todos menos uno. El pavoroso temor a que algo pueda sucederles, a veces, puede llegar a martirizarte en lo más íntimo, ser una tortura. Al menos puede serlo para mí…

No sé porqué me confieso así ante ustedes ahora, en esta noche en la que escribo como tantas otras noches. Tal vez por ello, por el temor a confesar tanto y tan inmenso amor, me haya costado tanto emprender este texto. Quizá sabía que hablar de lo que siento por mis hijos conllevaría esto, esta apasionada declaración de impotencia, una vez más…         

7 diciembre 2010 a las 18:46 por delunoalcinco

Perros y hombres…

Recupero otro relato por el que siento un especial apego, entre otras cosas porque es el comienzo de una historia mucho más larga, una novela, en torno a un personaje que nació siendo apenas nada y que terminó convirtiéndose en alguien muy complejo y muy querido, Michel Leglisse. Espero que despierte la curiosidad de quien lo lea, que os apetezca seguir indagando en el pasado de un anciano ciego y de su perro, casi tan viejo como él. Tal vez un día termine de escribir esta fábula sobre el bien y el mal, bastante ambigua y un tanto siniestra, que transcurre entre dos mundos y dos épocas muy distintas…

Ojala me hablara aun así, como ahora hace con ese árbol, como un día hizo conmigo. Pero me he ido convirtiendo en un animal viejo, impedido, estúpido y perezoso, casi siempre de malas pulgas, sin ganas ya de corretear o menear el rabo, lamer o jugar.

Hace ya tiempo que cada tarde, al caer el sol sobre el escueto jardín, mi amo se sienta en el banquito de piedra que hay junto a un gigantesco pruno y le cuenta, con o sin palabras, lo que tal vez nunca haya contado a nadie, siquiera a mí,  lo que ya no se atreve a decirse a sí mismo o recordar.

No debe quedarle mucha vida. Cuando un hombre habla y siente así es fácil deducirlo. Y créanme que lo siento. ¡Le he amado tanto! Llevo a su lado más de doce años, muchos para un perro. Tampoco a mí debe quedarme mucha vida.

Sé casi todo de él y él sabe casi todo de mí, o debería saberlo. Todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos sentido, todo lo que hemos amado, anhelado o despreciado. Hace ya mucho tiempo se estableció entre nosotros esa rara simbiosis que, a veces, se da entre canes y amos, hasta incluso hacernos parecidos física y anímicamente.

Lo sé. Se estarán preguntando como un perro puede llegar a escribir una historia, por escueta o simple que esta sea o parezca. Antes de seguir adelante, lectores, debo contarles que hace ya algún tiempo empecé a sentirme algo entre bestia y hombre, tal vez, un eslabón entre esos dos estados del alma y de la carne.

Primero fue, ¿como decirlo?, una rara e insípida sensación, una emoción inofensiva, una fantasía inconsistente que podía bien doblegar con el juego o con el sueño profundo. Luego llegaron infames estremecimientos y dolencias más palpables, pesadillas y alucinaciones menos maleables.

También los que creí insignificantes pero incipientes cambios corporales.

Vista, olfato y oído empezaron a mermar, algo que en principio achaqué al inexorable paso del tiempo, a la edad, a la mala salud que suele traernos. Pero la torpeza y la confusión fueron en aumento de forma alarmante. Los dedos de mis pezuñas empezaron a estirarse, a retorcerse; las patas también y se hicieron pesadas como enormes huesos de vaca, apenas me sostenían. Engordé desmesuradamente y una rara flojera me fue invadiendo hasta anclarme, consumiendo casi todo mi brío.

Mis antes anchas y erguidas orejas fueron menguando hasta convertirse en dos ridículas e inútiles protuberancias. Perdí casi todo el pelo, lo que, aparte de otras muchas molestias, me deshonró terriblemente. Mi antes sonrosada piel cambió de tacto y de color, haciéndose grisácea, ajada y mortecina.  Estar tumbado, una de mis grandes aficiones y mis mayores consuelos, fue descubriéndose un suplicio. Día tras día necesitaba, cada vez más, erguirme en una postura humillante y ridícula, mantenerme en pié y caminar sobre mis tardas zancas traseras, o sentarme sobre un escaso culo, ¡como un maldito ser humano!, me decía torturándome aun más.

Comencé también a experimentar tristezas, voluntades y ansiedades otrora desconocidas. El pensamiento se disparó en mi hasta entonces indiferente y precaria mente, haciéndola presa de raras ideas, de febriles reflexiones y temores, de representaciones tenebrosas y absurdas. También llegaron un millón de preguntas sin respuesta que me torturaban hasta el aullido. Jamás hasta entonces me las había hecho más allá de ¿cuándo se come? o ¿cuándo se sale a pasear?

Una larga, lenta, desasosegante y compleja metamorfosis que, creo, aun no ha concluido y que sigue punzando. Como este vago recuerdo que ya deseo abandonar. Les ahorraré muchos de los macabros detalles de la doliente permuta.

Lo peor de todo fue empezar a temer a la muerte. ¿En eso consistía ser un ser humano?, me preguntaba, ¿en hacerse una y otra vez interrogantes para los que no hay contestación?, ¿en torturarse constantemente ante la posibilidad de dejar de existir?  Más tarde aprendí que no se trataba sólo de eso, que ser hombre es algo mucho más lúgubre, insoportable y difuso.

Antes, cuando era completamente perro, me sentía capaz de expresar todo con una mirada, con un suspiro, con unos jadeos al entreabrir la boca, con un chasquido de dientes o unos latigazos de cola. Desde esos días en que se inició la mutación, pobre de mí, comencé además a precisar de las palabras, esas que tantas veces escuché de la voz de mi amo, las que nunca llegué a comprender, aunque entendiera peregrinamente su sentido.

Aun no soy capaz de pronunciarlas, claro, mi garganta sigue aun condicionada por mis torpes ladridos, por aguzados aúllos o graves ronquidos. Pero lo intento con ahínco, casi con desesperación. Me gustaría hablarle, decirle, explicarle,  pero tal vez sólo consiguiera darle espanto. Eso, esos indefinibles sonidos guturales que a veces exhalo, han debido exasperar y enloquecer aun más a mi amo, apartarle definitivamente de mí.

También este, cada vez más, lamentable aspecto que me impide acercarme a él en busca de una caricia, un arrumaco o un achuchón. No quiero que descubra así lo que me esta sucediendo. ¿Cómo disimular la incipiente calvicie, la fealdad, la monstruosidad de un cuerpo cada vez más contrahecho y deforme?

No, ya no dejo que toque, sólo conseguiría ahuyentarle, o que me eche a patadas de su lado, o que me quite de en medio de un certero hachazo. Ahora imaginará que no le quiero, que ya sólo busco su pitanza, aunque siempre sea tan escasa.

Nunca ha llegado a verme; han de saber que mi dueño es ciego. Pero conoce de memoria cada centímetro de mi cuerpo a fuerza de acariciarme, de abrazarme, de cepillarme con mimo, cuando hacía todo eso conmigo. Sus manos, ¡cuanto las echo de menos!, conocían todas las caricias y las muecas necesarias para hablar a los perros sin palabras. Y su voz, todas las voces y vocablos que los sabuesos precisamos oír para sentirnos amados y felices.

Por desgracia, ya apenas habla y cuando lo hace es con ese árbol de hojas encarnadas. Los perros no sabemos platicar, bien es sabido, pero al contrario que la inmensa mayoría de los humanos, dominamos el arte de escuchar. Sólo los perros, los árboles y los humanos leedores, saben permanecer casi en silencio y atender con certeza a las palabras.

Al poco de empezar esta siniestra transformación, aunque muy torpemente, también me empeñé en las enmarañadas destrezas del leer y el escribir. Para poder escuchar y ser escuchado, para poder contar y ser contado. Tal vez un día…

Como sucedió es aun un misterio para mí, créanme, es una larga historia llena de detalles que podrían resultar muy pesados, incluso jactanciosos viniendo de un perro, por ello me los ahorraré. Entre otras cosas, porque me apartaría del verdadero fin que ahora persigo escribiendo, que no es sino relatar la peculiar historia de mí idolatrado dueño y señor, ese que dejé hace rato contando a un pruno lo que me hubiera gustado me contara a mí… ¡La suya si que es una vida interesante!

Se la contaré en otra ocasión, si es que aun tengo vida…

26 noviembre 2010 a las 18:38 por delunoalcinco

Amar a un ángel

He cambiado de blog pero no de intenciones. Here I’am!… Si estimo en algo este espacio es como escaparate de las cosas que escribo. Una forma más de publicar, una manera distinta de llegar a gente absolutamente anónima y ávida, tal vez, de leer algunas líneas. Me he propuesto ir recuperando aquí algunos textos breves que me son muy queridos. Todos forman parte de un manojo de cuentos cortos que giran en torno a un mismo tema, todos son variaciones sobre “amores imposibles”, o sobre lo complicado que puede llegar a ser, en ocasiones, gestionar eso que llamamos el deseo de amar y ser amados. Una más de nuestras humanas y estúpidas facetas. Adoro el verdadero espíritu romántico que destilaba buena parte de la mejor literatura del siglo XIX y principios del XX, lo adoro en la misma medida en que, a veces, detesto la idea absurda del amor romántico. Una enorme contradicción, una más. Ya tengo asumidas la mayor parte de las mías, no me parecen tan extrañas. El romanticismo puro, esencial, innato, existe y puede ser fascinante, puede generar bellísimas ideas y palabras, frases gozosas que luego irán a morir en las largas horas de lo cotidiano. Pero los humanos lo llevamos impreso en nuestros genes, da igual que se trate de un ser vil o de un auténtico ángel. Todos, en un momento dado, podemos llegar a disfrutar de las sensaciones que encierran esas historias llenas de anhelos y frustraciones emocionales. Si el estado de ánimo y el ambiente son los apropiados y si, además, nos acompaña la música precisa, leer puede convertirse en una experiencia extraordinariamente sensitiva.  ¡Qué raros somos! En cualquier caso, espero que estos relatos os hagan disfrutar de algún modo…

“Hará cosa de un año que se fue. Desde entonces escribo estos patéticos adioses, como escribe el viento trémulos mensajes en las hojas vencidas a su paso. Hará cosa de un año, en una noche tímida y templada, me estrechó en un te quiero tembloroso. ¡Fue tan dulce escuchar ese susurro de sus labios! Hace ya tanto de eso. No se donde está, siquiera si fue cierto que fue cierto que estuvo…

Se marchó. Mientras se alejaba, una a una, cayeron todas las cuentas de un rosario de dichas malvividas, vividas a penas en días extraños, furtivos y felices. No se donde está. No se donde quedé yo, ni por donde ando desde entonces, hará un año ya. No, no se nada de ella.

Amar a un ángel tiene esas cosas, también acarrea consecuencias terrenales, dolores de aquí, rasguños ciertos, que se sienten y se infectan. Amar a un ángel y dejarle que te ame, tiene largas consecuencias.

Al marchar dejó retales blancos y azules en el aire, velos añil velando mi mirada, lágrimas lentísimas que arañaban, peces negros nadando veloces por el cielo, brillos en las sombras y sombras en los brillos. No sé siquiera si fue cierto. Hará un año de todo eso…, de los velos y las lágrimas y los peces y las sombras y las cuentas perdidas.

Pasó por aquí, estuvo a mi lado, fue real, dejó el aroma de las plumas de sus alas en el umbral de mi puerta, en la pálida transparencia de los visillos que rozaron, en las sábanas blancas que quedaron domadas a su antojo, retorcidas, en las almohadas y las yemas de mis dedos y en mis labios.

No sé donde está ni cuanto hace que dejé de saberlo, hará al menos un año. Desde ese día, cada noche, los grillos grillan todos al unísono, torturándome, ensordeciéndome, desvelándome…

Aun a veces me pregunto por qué malgastó el oro de su amor conmigo, ¿cómo llegué a conseguirlo?

Pasó por mí como una impetuosa marea y solo quedó la sal de su oleaje. Solo la sal y la nada, espuma de nada…

Aun me pregunto si en verdad dejó que la peinara, que la llamara por su nombre, o la renombrara con amorosas palabras. Aun me pregunto si en verdad llegué a domar el candoroso anhelo de mis manos a lo largo de sus piernas, de su espalda. Me pregunto tantas cosas desde entonces….

Habrá pasado un año, o tal vez más.

Duró poco. Es cierto. Apenas compartimos un breve resplandor, un fogonazo, un bienaventurado centelleo, nada más. Apenas un segundo que bien valió la vida perdida en esos días, la vida conseguida. Yo la amé y ella, tal vez, también lo hizo. Creo que una vez lo susurró muy cerca de mis ojos… hará un año de eso.

Nos derretimos en un lago de lava helada, bajo una cascada de fuego impotente, a la luz de una llama desprendida, que se consumió veloz en su tenue indolencia. Hará un año. No estoy seguro, no llevo la cuenta del dolor. Tampoco sé cuanto durará esta silenciosa y molesta añoranza, esta mordaza de turbadora desdicha.

Llegó a abrazarme y a tirar de mí, me llevó de su mano a través de un cielo en el que no titilaban las estrellas. Negro y bello. Luego, descendimos como luz y despertamos deslumbrados, ciegos.

En el penúltimo amanecer se enhebró en mí por última vez. Me atravesó de placer con su daga de afilada sonrisa. Y lloré arrodillado, deshecho, humillado ante ella, mientras derrochaba añosas penas en el fondo de su vientre.

Hará cosa de un año de todo eso. Hará un año que se derramó su alma alada, que no sé nada de ella. Desde entonces escribo este largo y patético adiós, como si a los ángeles se les pudiera escribir cosas así… Como escribe el viento angustiados mensajes en las hojas que no consigue derrotar…”