31 octubre 2011 a las 13:01 por delunoalcinco

“Tintín, el extraterrestre”

 Acabo de ver la versión (llamarlo así es absolutamente generoso) que Steven Spielberg ha hecho de “Las aventuras de Tintín”, y he sudado de indignación, algo que no me sucede todos los días, aunque esté tan de moda eso de indignarse últimamente…

No soy crítico de cine ni pretendo serlo, allá cada uno con sus gustos y sus conclusiones ante lo que ve o deja de ver en la gran pantalla, pero no puedo evitar escribir sobre el engendro que acabo de tragarme porque si no puedo llegar a implotar. Llevo décadas esperando que a alguien se le ocurriera hacer una buena película sobre Tintín. Es más, me conformaba con que fuera medianamente buena, solo eso. La noticia de que Steven Spielberg se había puesto a ello fue esperanzadora, de ahí la inmensa decepción que me asalta tras ver tan mediocre resultado.

En el terreno de los dibujos animados se han hecho algunas incursiones no muy brillantes aunque sí bastante respetuosas con los originales. Con personajes humanos, con actores, se han rodado dos que dejan mucho que desear aunque resulten entrañables e infinitamente más acertadas que la que me ocupa. Al menos en ellas está el espíritu de los personajes, infinitamente mejor interpretados y retratados que en este pastiche.

Basándose en cualquiera de los álbumes de Hergé, que ya son en sí magníficos guiones cinematográficos, completos “storyboards”, seguro que saldría bien. Era difícil hacerlo mal, pensaba. Supe de la existencia del reportero y de su autor, Hergé, cuando tenía apenas nueve años. Desde entonces lo he leído todo, lo he disfrutado todo de Tintín, no una sino mil noches. He leído cada una de sus historias centenares de veces, he gozado de cada una de sus viñetas, de cada uno de sus dibujos, con absoluta fruición, y no exagero. Los álbumes Tintín han sido para mí una verdadera obsesión, un bálsamo, una de las cosas más reconfortantes, emocionantes, divertidas y enriquecedoras que he conocido en toda mi vida. Todo, desde “Tintín y los soviets” hasta la inconclusa “Tintín y el arte Alfa”

 

Y no sólo conozco al detalle las aventuras del joven periodista y compañía, también he leído todas las de “Quique y Flupi” o las de “Jo, Zette y Jocko”, toda su obra me ha interesado y fascinado hasta el punto de bucear con ansia en lo publicado en los orígenes, en los tiempos de Le Petite Vintgtième o Le Soire, donde empezó todo. Donde realmente empezó la carrera de George Remi, una gran persona y un dibujante y guionista excepcional, único, un genio absoluto, un artista inconmensurable que dejó tras de sí una obra inmensa e impecable, salvo el ingenuo y burdo tropiezo en la visita de Tintín al entonces colonizado Congo Belga.

Acabo de ver la versión (llamarlo así es absolutamente generoso) que Steven Spielberg ha hecho de “Las aventuras de Tintín”, y he sudado de indignación, algo que no me sucede todos los días, aunque esté tan de moda eso de indignarse últimamente.

Spielberg, un director y artista que admiro profundamente y que tantos maravillosos momentos me ha hecho pasar con sus películas, me ha decepcionado hasta la náusea con su fallido intento de captar el fabuloso espíritu del Universo de Hergé, algo que no ha conseguido ni mínimamente, todo lo contrario. Lo ha mancillado, lo ha destrozado.

Podía haber elegido las aventuras de cualquiera, de cualquier personaje de la historia del cómic, para enturbiarlo con sus mil efectos especiales y destrozar cualquier coherencia argumental de los originales. Con el dinero que se ha gastado en este bodrio podía haber rodado toda la serie, todas las aventuras, de manera magistral, si se hubiera limitado sencillamente a respetar algo inmejorable, las ideas y los guiones de su autor.

Para más delito ha ido a elegir dos de las historias fundamentales de la saga, amén de haber rapiñado algunas pinceladas de otras obras con igual desacierto, “El secreto del unicornio” y “El tesoro de Rackjam el Rojo”, dos de los álbumes favoritos de su autor. Dos obras perfectas, bien documentadas y llenas de matices, dos guiones impecables. Todo ha quedado destrozado, diluido en un batiburrillo ridículo de situaciones para favorecer una acción trepidante que no conduce a nada, salvo a una infinita decepción, al vacío, aun más en cualquier espectador con un mínimo de conocimiento de los personajes. Personajes que ya nacieron y murieron siendo extraordinarios. En la obra de Hergé, tanto los protagonistas como los secundarios, son siempre sublimes y Spielberg los ridiculiza dotándolos de una trivialidad sin medida, mermando cualquiera de sus virtudes sin piedad. Los convierte, no ya en sombras de lo que realmente fueron y son, sino en sus opuestos, en su más radical antítesis.

 

Las dos historias elegidas por Spielberg fueron el resultado de años de meticulosa elaboración por parte de su creador, Georges Remi, tanto en los argumentos y sus textos como en los dibujos. Hergé cuidó con mimo unas tramas que son imprescindibles para el desarrollo y comprensión de toda su obra. Dos historias llenas de inteligencia, de misterio, de acción, de incertidumbres, y en las que suceden hechos trascendentales en las vidas del siempre sobrio Tintín y el entrañable y siempre excesivo Archibaldo Haddock, a quien Spielberg convierte en un estúpido bobo alcoholizado. Una pesadilla…

En estos álbumes Tintín y el capitán se encuentran por primera vez, creándose entre ellos lazos indisolubles y muy complejos, que harán de ellos dos tipos inseparables. Pero además se hacen con el castillo de Moulinsart, la propiedad que será su hogar, su base de operaciones, su sede, el centro y punto de partida de casi todas sus aventuras (una incluso transcurre por completo allí, “Las joyas de la Castafiore”). En estas dos historias, los héroes, encuentran la financiación necesaria para llevar a cabo todas las demás, para  poder vivir despreocupados por el dinero el resto de sus vidas, lo que les permitirá dedicarse a lo que se dedican, a viajar y a vivir todo tipo de aventuras en cualquier lugar del mundo. Además aparece en escena Silvestre Tornasol, el genio e inventor “duro de oído”,  otro personaje central e imprescindible, al que por supuesto ni se hace mención.

Tintín, cuyo principal defecto es no tener defectos, el capitán que puede llegar a tenerlos todos aunque siempre compensados por un millón de virtudes, Milú, los atolondrados hermanos Dupont, el sabio Tornasol, el bueno de Nestor, la cargante Castafiore, el pérfido Allan, ninguno de ellos merecía esto y mucho menos su creador, al que se permite hacer aparecer en una de las primeras escenas retratando a Tintín. Seguro que él hubiera sabido aceptarlo con sentido del humor, pues tenía de sobra, además de una afinada ironía, pero estoy convencido de que le hubiera repugnado el resultado, que se habría sentido humillado tras haber visto esta película en la que por encima de todo prima el abultado presupuesto con que ha contado y la tecnología con que ha sido realizada, el 3D, el stop-motion, etc. Pero de lo que verdad importa ni rastro. El Universo mágico, inimitable e insustituible de un verdadero genio, Hergé, queda en el fondo de la taza como un poso indeseable y que nada tiene que ver con la maravilla que encierran las páginas de la inmensa mayoría de los álbumes.

La sensación a la salida del cine bien puede ser satisfactoria para muchos, para casi todos, porque es muy sencillo engañar a los más pequeños y a los que ignoran lo que de verdad se esconde tras las aventuras de Tintín. Recomiendo encarecidamente leerlos, sobre todo a niños y niñas. No permitan que la fanfarria de una película absolutamente intrascendente y prescindible les oculte los prodigiosos momentos que les proporcionará el adentrarse entre algunas de las páginas más fascinantes jamás dibujadas y escritas.

Seguramente nadie se atreverá a decir esto que estoy diciendo con tanta claridad, algo que seguramente pueda ser calificado de exagerado o incorrecto, pero si no lo hago reviento. Estoy absolutamente seguro de que cualquier amante de Tintín pensará lo mismo después de ver esta película, una más en la misma línea de la acción por la acción sin otro contenido que la acción. Me temo que Spielberg, más que popularizar a Tintín, ¡ni falta que hacía!, lo ha vulgarizado. A base de estupidez y “merchadaising” pronto se habrá convertido, aunque eso sea imposible en realidad, es una idiotez más de las que inundan este mundo ya idiotizado por la tecnología y la globalización.

Usted es el único capaz de adaptar a Tintín“, dicen que dijo Hergé a Spielberg unas semanas antes de fallecer en 1983. Se equivocaba, no ha sido capaz de hacerlo. Tintín murió hace 28 años a la vez que murió su padre y ni el alquimista Spielberg ha sido capaz de resucitarlo.

Por fortuna nadie podrá cambiar ni un ápice de su obra que vivirá eternamente en los que realmente la conocemos, la respetamos y la amamos. Para hacer esto, estas dos horas de vacuo entretenimiento, bien podía haberse servido de Indiana Jones junto a su padre y su pastelera madre en una nueva entrega de la saga del intrépido arqueólogo: “Indiana perdido y disfrazado de Tintín” o “El día en que Indi soñó con ser Tintín, sin conseguirlo, por supuesto. O bien se le podía haber ocurrido rodar “Tintín, el extraterrestre”, algo que visto lo visto, no descarto. Amenazan con más destrozos, por fortuna ya no nos pillarán desprevenidos

 

26 octubre 2011 a las 18:28 por delunoalcinco

Más allá de un año…

He pensado mucho esto de dejar unas palabras en el blog, pero últimamente me cuesta mucho ponerme a escribir. Es como si mis manos se vencieran al caer sobre el teclado, como si los dedos se arrastraran en vez de saltar con entusiasmo y embeleso, de letra en letra, como solía sucederme. No sé a qué se debe esta sequía, pero algo me dice que no debo darle demasiada importancia a mi aridez literaria. Debo esperar una nueva cosecha con paciencia, sin demasiado afán. Llegará la elocuencia. Volverán las frases, las ideas, los sentimientos, ya madurados y dispuestos a sorprenderme, a seducirme, a seducir tal vez, en un texto si no radiante al menos plausible. Hace tiempo que siquiera salgo a cazar, intuyo la estepa desierta de palabras y eso me angustia aun más. Es un tanto inquietante no sentir ese “instinto escritor” que acostumbraba acompañarme de forma nítida y casi permanente.

Pero estamos de estreno y he decidido celebrarlo de este modo, soplando algunas letras sobre esta página resplandeciente de diodos y cristal en la que escribo. Es una ofrenda al fin y al cabo, como siempre que escribimos. Podría contar aquí un millón de cosas y a la vez nada. Aunque yo siempre confío en la belleza que pueda surgir de este gesto misterioso de agrupar signos.

Llevo más de un año y un mes aquí, mi primer aniversario fue el pasado 13 de septiembre. El tiempo se ha deslizado como siempre, excesivamente fugaz. Apenas me he dado cuenta.

Han sucedido muchas cosas desde entonces, desde que una calurosa mañana de verano decidí cambiar de casa, y todas han sido muy positivas. Me siento cómodo y sereno, disfruto cada día de mi renovada labor. Tengo compañeros y compañeras excelentes, muy buena gente que ya forma parte de mis días, de lo cotidiano. He conocido a muchas personas desde que llegué  y todas me han enriquecido personal y profesionalmente de alguna manera. He aprendido mucho y sigo en ello. Mi vida familiar, que era y es el principal objetivo, ha mejorado de forma considerable. Disfruto cada tarde y cada fin de semana de mis hijos y eso está por encima de todo, ¡siempre! Ellos son todo, lo primero, y han salido ganando con el cambio. El balance no puede ser mejor.

Estoy en un buen lugar y en la mejor compañía. A estas alturas de mi vida no se puede pedir mucho más, aparte siempre de buena salud… “Nel mezzo del cammin di nostra vita…” a uno le basta con no encontrarse en una selva oscura y no haber perdido la buena senda.  

Ya que mi caudal de palabras es mínimo en este instante de mi vida, voy a dejar aquí un texto que me gusta de forma especial  entre todos los que he escrito: “Una más al menos”.  Fue escrito en otoño y espero que guste a quién lo lea por primera vez y que no aburra a quien alguna vez lo haya leído.  Es breve en cualquier caso.  Un abrazo.

Una más al menos

“El tren de detiene por fin junto al andén central, anochece. El día que muere fue hermoso a su manera. Aun llueve y no llueve. La luz y la oscuridad todavía juegan a las adivinanzas entre las nubes bajas. La tramontana susurra a rachas aúllos de invierno. No se entiende bien lo que intenta decir. Un hombre vestido de negro baja del vagón muy despacio, con ganas de llegar pero con lentitud de octubre. Un gentío impaciente huye y se apresura por las escaleras del pasadizo que les llevará a sus casas, a sus cosas. Él tipo oscuro enciende un pitillo, fuma lánguidamente y espera que desaparezcan todos los viajeros del apeadero.

Luego desciende también la escalinata. Abajo, al final de los cincuenta escalones, está ella asomando medio escondida tras la esquina. Allí están los dos, por fin. Abajo esperan la sonrisa y los ojos que él buscaba. Los amantes llevan tiempo sin verse. Se acercan, se abrazan, se besan, intercambian caricias leves, caminan prendidos de la cintura y suben al coche que ella dejó mal aparcado frente a la estación.

“Llévame al mar”, le pide él. Ella le complace y recorre sin prisa la sinuosa carretera que lleva a la costa. Apenas dicen nada por el camino, algunas vaguedades, algún te quiero. Mientras ella conduce, la mano del hombre arrulla poco a poco la piel de su amada, se encierra entre sus piernas, o cae de la mejilla al hombro y baja por el brazo hasta la mano apoyada en el volante o en la palanca de cambios. Serán pocas horas. La ternura no tiene mucho tiempo, lo saben, pero los dos apacientan la impaciencia por tenerse. La alternativa de amar escasea para ellos. Él, pensativo, mira por la ventanilla. Más allá de lo que dictan los relojes está lo que le dicen las olas, otra medida, otra cadencia más apropiada para medir sus pasiones.

Aparcan en el paseo marítimo. Está desierto, es casi invierno. Solo ellos, una bella pareja enamorada, camina ceñida y feliz por la marina mientras el viento acompaña sus pasos, su danza. El mar ruge amable, rítmico y sereno. Dos barcos anclados no muy lejos de la costa balancean sus reflejos en la profunda oscuridad del agua. A pesar del vacío invernal, algunos locales permanecen abiertos, como esperando un aluvión de clientes que nunca llegará. Entran en una de las cantinas, un comedor acogedor y recoleto lleno de mesas vacantes. Cenan frugalmente entre palabras, miradas y gestos de amor. Luego buscan un lugar en el que refugiar su pasión, una cama en la que pasar amando la corta noche que no espera. El tren de regreso saldrá temprano, demasiado temprano, al amanecer.

También parecen ser los únicos clientes del hotel. Piden una habitación con vistas al mar. Un viejo y cansado recepcionista, tras registrarles y cobrar por adelantado, les da la llave número diez. La fuerza de las olas salpica de tanto en tanto el balcón alfombrado en la primera planta. Se desnudan, beben y respiran amor en ese ya batallado aposento. La ventana queda abierta pero no sienten frío, por ella solo entra el rumor renovado de las olas rompiendo los segundos. Un millar de peces plateados despiertan y miran y chapotean mientras ellos dejan de ser dos. El viento sigue susurrando palabras que no entienden, tal vez una dulce advertencia. Se duermen abrazados y deshechos de placer. Al poco una llamada rompe sus sueños. Es la hora, dice una fastidiosa voz al teléfono. Ha llegado el fin del encanto. Regresan en silencio por donde vinieron.

Una hora después, ya de nuevo en la estación, amanece mientras la pareja se demora en los últimos abrazos, los últimos besos. Se dicen un inevitable adiós. El hombre sube al tren y regresa a su lugar entre los bosques, entonando para sí, para ella, una triste y callada canción de despedida. El traqueteo del tren adormece su pena y su desvelo. Se duerme oyendo aun su voz, sintiendo aun el tacto de su cuerpo y de sus manos. Al despertar siente todavía sus dedos en la piel y tiene amor y sal y arena y algas enredadas en el pelo. Lejos de ella, tal vez para siempre, el hombre sombrío llega a su destino. Baja del tren convertido en humo, en una sombra de si mismo, arrastrando un alma empañada y dolorida, preguntándose si volverá a verla una vez más. Una más al menos…”

 

David Cantero

 

 

27 junio 2011 a las 10:11 por delunoalcinco

Mi rincón favorito

Fui un niño trotamundos, soñador, enamoradizo, indagador. Siempre fantaseando aun consciente de cuan locos e imposibles eran mis desvaríos, aunque al final no todos fueron tan quiméricos. Un niño un tanto ermitaño, absoluto soberano de un reino solo mío. Un niño melancólico y vivaracho, inquieto y sosegado, travieso y contemplativo. Todo a un tiempo, y sin tiempo apenas. Contradictorio. Así sigo…

Aquel pequeño chiflado que fui, que aun soy de algún modo, encontró en Sotillo de la Adrada y en el Valle del Tiétar su codiciado territorio de ensueño y libertad. Ese era entonces mi reino. Un dominio propicio para fechorías, afanes y devociones. Allí quedaban el final de la senda y el principio de todos los caminos.

El valle, las montañas, los senderos de piedra y limo, las callejas empedradas, encerraban el Mundo entero. Y sobre mi cabeza, una inmensa porción de Universo, un cielo infinito e inmaculado que se podía respirar y acariciar cada noche estrellada. Sólo con desearlo, tumbado boca arriba en la fragante hierba, recorría el firmamento convertido en el navegante espacial que ya aspiraba ser, el que nunca fui.

Muchos de mis más bellos recuerdos nacieron, crecieron y aun viven allí, en Sotillo de la Adrada, mi pequeño pueblo, mi formidable edén. También en Santa María del Tiétar, que antes se llamó Escarabajosa.  Nostalgias que aun andan mariposeando por ahí, como duendes etéreos, sobre mis amados campos, por los angostillos que, hace años, formaban el laberinto de esos poblados.

Allí encontré el pedacito de tierra que más he amado en mi vida, que aun amo, aunque no sea mío.

Tengo muchos recuerdos guardados allí, escondidos aun bajo la hierba, detrás de los pinos, arriba, en las higueras, en los castaños, entre las piedras, en la buena tierra y las cepas, en las esquinas y los balcones, en las orillas de los torrentes, en la mágica cúpula de este cielo…

Recuerdo los níscalos, el musgo, el aroma a lavanda y tomillo, el rumor de las hojas de los chopos sonando como el mar, mejor que el mar,  los erizos del castaño y los que tenían hociquillo y patas…

Recuerdo los almendros florecidos, las parras llenas de racimos, las tomateras y las guindillas, las cercas de piedra, el paso cansado de las vacas y los bueyes. Subir a la nieve en las rocas del Berrueco y ver el pueblo abajo, haciéndome señales de humo en el invierno.

Recuerdo bailar y enamorarme en el Venero, bañarme en su gélida piscina y en las pozas. El limo y la arena de los caminos arriba y abajo. Recoger piñotas y leña, encender un buen fuego de encina, asar castañas.

Recuerdo trepar una y otra vez hasta el enorme pollito, ese gorrión convertido en piedra con el que, de niño, volaba y veía todo, el mundo entero.

Recuerdo despertar con el coro de un millón de pájaros cada mañana, y que ese sonido acompañara mis juegos cada tarde… Y cada noche, quedar dormido con el canto del cárabo, arrullándome o asustándome…

 Recuerdo la rama de la higuera en la que aprendí a esperar sin perder el equilibrio, y las montañas escondidas en las nubes o cosidas al cielo más limpio y lleno de estrellas que se pueda imaginar. Recuerdo también las abejas, los panales y la miel…

 Recuerdo los chatos y los pinchos en El Cachito, las noches de cine de verano, orquesta y baile en las Terrazas. Pasear de la ermita a la iglesia y de la iglesia a la ermita, una y otra vez. Terminar en el fondo del pilón de la fuente de los cinco caños. Pasear, soñar, besar y acariciar en La Aliseda…

 En cierto modo todo eso sigue allí… En esas benditas montañas, ese majestuoso Valle del Tiétar, que siempre me espera acogedor y siempre me recibe con una plácida sonrisa, con su mejor abrazo. Allí me encuentro en la gloria…